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Olor nuestro

Los diarios de Marianella Morena se introducen en el mundo de los sentidos que se activan con el erotismo en la vida de la dramaturga. Un texto que siente, que huele.

Olor nuestro

El cuerpo que anda por la calle, que crea imagen, no es el mismo que se entrega en la cama. No. Tampoco es una versión de sí mismo, pero sucede, como sucede el brazo fuerte sosteniendo mi cuerpo, como sucede mi humedad que mancha la sábana.

Sucede como sucede tu hombría en mi cuello, hambriento, y yo sedienta, así sucede.

El cuerpo construye y destruye el recuerdo, esa editorial arbitraria que nos manipula la emoción, ¿qué va primero, qué va segundo, tiene relación con el amor? No. La ficción es cómplice, algún autor nos desafía y nos estafa, alguien altera, alguien hace plagios, y agrega sonidos.

El cuerpo cuando se queda con poca realidad va por lo guardado y dice: te extraño. Le pone nombres, le pone cariño, le pone trabajo, le pone tiempo. Igual, apenas el descuido nos gana, somos arrasados por otra tanda de memorias, propias y ajenas, y nadie sabrá qué es lo vivido.

¿Qué vivimos el viernes 25 al mediodía?, ¿vos lo sabés?

¿Qué viviste vos y qué viví yo? ¿Lo sabemos?

Lo vivimos juntos, eso me dice el recorte sobreviviente, el que pulsa la tecla de soy presente.

Tu brazo cubierto por la camisa que termina en el reloj, la camisa remangada, y asoma tu virilidad.

Los movimientos, el músculo exaltado, la piel brillosa, la redondez de tu hombro, tu pulsión masculina respira, aún ahora: respira. Y tu hermosa pija alzada, en espera, con independencia y súbdita de mis labios. Voy por ella, y lo sabe, como se saben las cosas sin ser pensadas. Eso se sabe siempre. Eso me traigo, adentro, todavía adentro porque demoré más de veinticuatro horas en bañarme, no sin antes olerme, y que me quedara en otro orificio algo tuyo: el olor. Eso sabemos, eso vivimos, eso hicimos: olor nuestro.

Entonces pienso en llevarte cada una de mis prendas, pantalones, faldas, vestidos, camisas, y que en cada encuentro puedas darle unas gotas de semen, y dejarlas así, que se integre al tejido, para olerte cuando no estás.

El agua salía de la ducha, el agua y su sonido inconfundible, como en las películas, como cuando alguien hace una cortina sonora sobre la lluvia, para un momento romántico. La ducha abierta para bañarte, pero fuiste por las toallas… Y solo dijiste: «qué linda».

Después, el sabor del tiempo apretado, calmarnos un rato más, eso: el alivio que da la carne.

Nos fuimos en poco rato, fueron dos horas.

A veces me desplazo de mí misma, me observo desde otro lugar, y ahí estaba sentada diciendo: estoy mareada. Y ahí, enfrente, vos, en un nuevo rol: preocupado.

El cuerpo de la mujer no es el mismo que el de la directora, entonces el ensayo reclama que venga, que venga entera, y ella casi no está. No, tampoco es que sean dos o el número que sea, no se trata de ser la misma u otra, ni de averiguar cuál de las dos es cómplice con la otra.

Es la experiencia que no define un cuerpo sin contemplar al otro.

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