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las reinas de la amistad

Friends will be friends

La amistad, ese lazo que todos necesitamos para sentirnos vivos, tan pasional que puede llegar a romper los más fuertes corazones —incluso más que una relación amorosa—, y, sobre todo, la amistad entre mujeres es retratada en este texto de Inés Bortagaray, a partir de la reciente película de Greta Gerwig, «Lady Bird», en el que también se cuela la literatura.
Saoirse Ronan en «Lady Bird»

Lady Bird (Greta Gerwig, 2017) cuenta la historia de Christine McPherson (Saoirse Ronan), quien se hace llamar Lady Bird, una muchachita de diecisiete años que en el año 2002 reside en Sacramento (California), pero querría estar en Nueva York. Lady Bird vive, de acuerdo con sus propias palabras, «del lado equivocado de la vía», en una casa que la avergüenza bastante, con un padre que está deprimido y busca trabajo, con una madre amorosa y crispada, con su hermano y la novia (una especie de monstruo de dos cabezas) que la observan con perplejidad distante.

Saoirse Ronan y Greta Gerwig 

Lady Bird tiene el pelo teñido de fucsia y quiere ser buena en matemáticas, pero no le va bien. Asiste a un colegio de monjas pero desprecia la religión, y cuando una madre católica va al colegio a adoctrinar a los adolescentes en contra del aborto, ella dice con sorna, mirando una foto donde presumiblemente se ven los restos de un embrión tras un aborto: «No porque algo sea feo tiene que estar moralmente equivocado». La frase le vale una suspensión en el colegio, claro.

Lady Bird es rebelde y algo jactanciosa. Tiene una mejor amiga de todos los tiempos: Julie (interpretada por una actriz llamada Beanie Feldstein, que queremos ver en muchas películas), una chica con sobrepeso y, ella sí, con facilidad para las matemáticas. Con Julie, salen del colegio para mirar las casas de Sacramento, fantaseando con vivir en las más fastuosas. Juntas se anotan en el taller de teatro del colegio, y preparan un musical. 

Saoirse Ronan y Beanie Feldstein como Christine Lady Bird McPherson y Julie Steffans

En un momento, Lady Bird busca la proximidad de la chica popular de la generación. Muy en sintonía con los tópicos habituales en las comedias adolescentes de los ochenta y noventa, las chicas populares, abejas reinas del liceo, son sujeto absoluto e irreductible de devoción y miedo (para familiarizarse con los clásicos hay que volver a ver cualquier película con Molly Ringwald, la adorable Can’t Buy Me Love o cualquier episodio de la serie Freaks and Geeks). Por supuesto que esa nueva amistad margina a la dulce Julie, que sufre como una condenada esa exclusión.

Saoirse Ronan y como Lucas Hedges como Christine Lady Bird McPherson y Danny O'Neill

Lady Bird cuenta una historia de vínculos (con la madre, con el lugar de origen, con el lugar que nos destinamos a nosotros mismos, con los nombres que nos damos, con el padre, con las amigas, con los primeros novios, con los que vienen después), pero es en la relación con las amigas donde hoy me quiero detener.

Creo que tengo debilidad por las historias que hablan de la amistad en la adolescencia (o en las contigüidades, en el vecindario de esa era a veces cruel). Los retratos de las amistades repentinas y para siempre incondicionales. Los retratos de la simbiosis. Los retratos del encantamiento, la complicidad, los chistes y los salvoconductos. Los retratos del alejamiento, la pelea, la separación.

Hay una gran película que habla de la amistad: Stand by Me (Rob Reiner, 1986). Esa es la primera que aparece. Pero luego, en torrente, decenas, que detallo de modo del todo aleatorio: Picnic en las rocas colgantes (Peter Weir, 1975), Super 8 (J. J. Abrams, 2011), la serie española Verano azul (Antonio Mercero, 1981), 25 Watts (Juan Pablo Rebella, Pablo Stoll, 2001), Acné (Federico Veiroj, 2008), Tanta agua (Ana Guevara y Leticia Jorge, 2013), Anina (Alfredo Soderguit, 2013), ET (Steven Spielberg, 1982), Fucking Amal (Lukas Moodysson, 1998). La lista es larga y sinuosa. No todas son películas sobre la amistad, pero, en todas, los personajes se definen, en gran medida, por cómo viven esas relaciones de intimidad, confianza, familiaridad, apego.

En especial, cuando pienso en amistad sobrevuelan y al fin se posan tres textos: la novela Hospital de ranas (Lorrie Moore, 1994), este relato de Alice Munro: «Jesse and Meribeth» (El progreso del amor, 1986), y Nubosidad variable (novela de la española Carmen Martín Gaite, 1992).

Hospital de ranas cuenta la historia de la amistad entre dos quinceañeras: Berie y Sils, que viven en Horsehearts, un pueblito al norte de Nueva York. Todo nace de un recuerdo: desde un presente algo roto, Berie, la narradora, cuenta aquellos días junto a su mejor amiga, Sils. Berie, «la amiga fea», la irónica e irreverente, prendada por aquella hermosa y precoz Sils, se detiene en los días de cigarros y chismorreo que compartían ambas en Tierra de Leyendas, un parque de diversiones que recreaba el universo de los cuentos infantiles, donde ambas trabajaban (Berie, como vendedora de boletos, Sils como Cenicienta). 

«Jesse and Meribeth» es uno de los varios cuentos de Alice Munro que exploran los poros y profundidades de la lealtad. «En el instituto entablé una amistad tan entrañable y leal como aburrida con una chica llamada MaryBeth Crocker. Me entregué a esa amistad como hacía en verano con las aguas del río Maitland, cálidas, fangosas, que no me cubrían. Me tumbaba de espaldas y me limitaba a agitar manos y pies, dejándome arrastrar por la corriente», inicia el cuento. Los nombres reales de las chicas diferían ligeramente de los del título: Jessie y MaryBeth. El ajuste de esos nombres es una huella de la amistad. Un guiño. Un lenguaje cifrado. El cuento también parte de una memoria y recorre esos pliegues agrios de la amistad, los del engaño y la indiferencia como impostura o como juego de poder entre dos personas.

En Nubosidad variable la historia mira a Sofía y a Mariana, antiguas amigas del colegio, carne y uña, que se reencuentran luego de muchos años. No podrían ser más distintas las dos (una es pragmática, la otra es soñadora), pero se quieren, se entienden y se cuidan, hasta que se pelean (oh, no) por un muchachito. Treinta años más tarde, ambas se cruzan casualmente en una fiesta y desde ese momento iniciarán un intercambio epistolar que irá ayudando en la reconstrucción de la identidad de cada una, y que mostrará qué viva está esa amistad, y cuánto perderían si se dejaran separar del todo.

He aquí una galaxia donde conviven los libros, el cine y la amistad: la tríada de la buenaventura.


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