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Elvis Costello: Haciéndose grande en público

Un autorretrato de un músico que, más que concentrarse en su vida personal, lo que hace es guiar al lector, a través de las letras de este libro, por un verdadero camino de composición musical ideal para cualquier fan de Elvis Costello y de la música en sí.

Foto: Chalkie Davies

Declan McManus, a quién todo el mundo conoce como Elvis Costello, es uno de los letristas más articulados, prolíficos e inteligentes de la historia del pop-rock, por lo que era de esperarse que su autobiografía fuera un libro bien escrito y con ambiciones artísticas mayores que la de erigirse una estatua a sí mismo. Pero Costello también tiene la costumbre de hacer una de más y sobrescribir —tanto en lo lírico como en lo musical— sus canciones, que en ocasiones se vuelven demasiado herméticas o abstrusas, por lo que también se corría el riesgo de que el libro fuera un tanto impenetrable o excesivamente pretencioso en sus intenciones de originalidad. Y Música infiel y tinta invisible de alguna forma cumple con ambas expectativas, agrega algunas sorpresas y, extendiéndose por ochocientas páginas, es alternativamente gracioso, conmovedor, aburrido, confesional y reservado, pero en todo caso es un libro importante y directamente fascinante como autoexploración de la inspiración de un ávido melómano y un compositor todoterreno con pocos equivalentes vivos.
Música infiel y tinta invisible no es muy amable para quienes no tengan al menos una idea general no solo de la carrera, sino de la vida de Costello; el libro —aunque luego va revelando una estructura cronológica bastante ordenada— salta hacia atrás y adelante en el tiempo, combinando capítulos de la infancia con otros de la mediana edad, para luego volver a la adolescencia y a la juventud, o introducir de la nada distendidos y detallistas episodios biográficos sobre sus padres o abuelos, en los que da rienda libre a su elaborada pluma descriptiva, pero informa poco y nada sobre el tema principal del libro, es decir, él mismo.

Foto: Michael Putland

Esto va definiendo una de las características más notorias de Música infiel y tinta invisible, que la aparente arbitrariedad de lo narrado, que, más que la vida y obra de Elvis Costello en forma más o menos global, es una colección de sus intereses personales, que explora con exhaustivo detalle mientras deja en la oscuridad aspectos enteros de su personalidad. Por momentos Costello es extremadamente reservado o pudoroso con relación a su vida íntima y a los excesos que generalmente son el plato principal de las autobiografías rockeras. Aquí y allá surgen algunos datos que indican que el compositor de «Veronica» no es precisamente un angelito hostil a la vida hedonista de los músicos de su generación, pero Costello parece no tener interés en hablar sobre eso. Las mujeres de su vida —que incluyen a la deslumbrante Bebe Buell, madre de Liv Tyler, o a Cait O’ Riordan, la volátil bajita de The Pogues— apenas son mencionadas en el libro (con la excepción de su esposa actual, la notable cantante de jazz Diana Krall, pero que tampoco ocupa un gran especio), aunque las escasas veces que aparecen son referidas con afecto y muchísimo respeto. El mismo tratamiento recibe su primer —y durante más de veinte años, el único— hijo, cuyo nacimiento apenas le merece un par de renglones, mientras que dedica un capítulo entero a la estadía de su abuelo en Estados Unidos, mucho antes de que Costello naciera, lo que hace sospechar algún cisma familiar o ausencia de contacto, para luego revelar como al pasar que su relación es excelente y que suelen trabajar juntos.
Pero todo ese material emotivo es dejado con modestia fuera del libro, lo cual no quiere decir que este carezca de revelaciones íntimas, sino que estas corren por otro lado y, si se lo piensa un poco, por donde deberían ir con mayor frecuencia los libros de memorias de músicos; es decir, por su relación con la música. Costello tal vez no aporte casi datos sobre sus amoríos y despropósitos, pero es generosísimo a la hora de hablar sobre la génesis e inspiración de sus canciones, sobre las que no tiene problemas en abrir la cocina en la que fueron horneadas, aportando datos fascinantes para quienes conozcan sus discos o hayan tratado de emularlos. Además, algo muy poco frecuente, es un excelente juez de su trabajo, prestándole atención no necesariamente a sus trabajos más exitosos, sino a los mejores, que no son pocos.

Foto: Tim Mosenfelder

Sin embargo, lo que parece ser el mayor motivo de orgullo de Costello no son las aventuras de las que casi no habla ni sus propios logros musicales, sino los contactos que su enorme ductilidad le ha permitido tener. Costello parece feliz como una groupie cuando cuenta la cercanía y amistad que consiguió tener con prácticamente todos sus ídolos, y que lo llevó a trabajar a dúo con personajes como Paul McCartney, Burt Bacharach, T-Bone Burnett, Tony Benett, Allen Touissant y decenas de músicos más jóvenes (incluyendo al colectivo Bajofondo), encuentros que narra con el tono maravillado de quien no se siente digno de semejante compañía, pero que a la vez se pavonea un poco de haber llegado a esa situación.
En todo caso, Música infiel y tinta invisible es el autorretrato de un hombre enamorado como pocos de la música y orgulloso tanto de su tradición cultural heredada como de la que consiguió insertarse, caminando entre los gigantes de Nueva Orleans a pesar de ser un inglés de lentes con pinta de nerd. Como decía al principio, es un libro que —con algunos espacios muertos que podrían haber sido editados— cumple con todas sus expectativas a la vez, y es ejemplar como testimonio y casi lección de cómo relacionarse con las canciones. Queda afuera, curiosamente, ese personaje peleón y encolerizado sobre el que se hizo famoso, pero da la impresión de que el autor de este libro ya no es aquel punk colérico e insatisfecho, sino alguien muy agradecido por lo que le ha tocado.

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