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En mi mayor

Dave Mustaine: El titán inseguro

La melena pelirroja más heavy metal de todos los tiempos se nos presenta de la mano de Tüssi Dematteis, quien leyó su autobiografía y tiene todo esto para decirnos.

Foto: Saving Country Music

A la hora de escribir sus memorias, a algunos rockeros les gusta hacerse el héroe, el villano, la víctima o las tres cosas simultáneamente, especialmente a los provenientes del campo heavy, donde la teatralidad es parte de su (auto)construcción como personajes. Y el guitarrista Dave Mustaine —líder absoluto y autoritario de la banda de thrash metal Megadeth— no es una excepción, pero es asombroso como Mustaine: A Heavy Metal Memoir, autobiografía escrita por el músico en colaboración con el periodista Joe Layden, falla en conseguir cualquiera de los tres objetivos, y la causa de este fracaso posiblemente sea una de sus virtudes: la sinceridad.

Foto: Martyn Goodacre

Dave Mustaine no va a ganar ningún premio de Miss Simpatía, ni siquiera entre los numerosos fans de su banda o los simples admiradores de su innegable talento musical, y no es lo que busca en este libro, sino explicar un poco la puerta giratoria en la que se convirtió su banda y defenderse de las versiones, muchas veces alimentadas por exintegrantes de Megadeth, que lo presentan como uno de los tipos menos agradables del rock en general (lo cual no es necesariamente un demérito en su género), y termina siendo un retrato de una particular neurosis e incapacidad de gustarse a sí mismo. Mustaine se reconoce como una persona difícil, egocéntrica y despiadada a la hora de perseguir su sueño de ser una estrella rockera, e incluso cuando no lo nota, sus explicaciones hacen aún más evidente lo intratable que debe ser (o que fue, ya que tuvo una reconversión espiritual importante en su vida a fines del siglo pasado). Pero, como suele pasar con los egos desproporcionados y autobsesivos hasta lo patológico, el catálogo de vanidades sobre su evidente destreza instrumental, y su aparente rudeza viril, es también un muestrario de debilidades que hacen soportable y humana la lectura del libro.

Foto: Paul Jendrasiak

 

Integrante y guitarra líder de la primera formación de Metallica, Mustaine no llegó a participar en ninguno de sus discos, y fue expulsado a causa de su carácter insoportable bajo el efecto del alcohol y las drogas, tras lo que formaría Megadeth asumiendo también los roles de compositor y cantante. Pero el breve pasaje por Metallica se convertiría en fuente de un prolongadísimo resentimiento hacia sus excompañeros, y una nube constante de humillación y envidia que le ensombrecería los espectaculares logros de su nuevo grupo. La constante frustración de vender millones de discos y ser una de las figuras más admiradas del heavy metal, pero al mismo tiempo siempre estar algunos pasos detrás de Metallica, es un elemento muy conocido del folclore del thrash y el rock de las últimas décadas, y es interesante leer el análisis en primera persona de ese rencor constante, que en ocasiones funcionó —para bien o mal— como su motor artístico. Se ve que el autor de «Symphony of Destruction» le dedicó mucho tiempo de reflexión a esta enemistad, y su visión al respecto —no precisamente conciliatoria pero ya madura y serena— es tal vez el núcleo central e insatisfactorio de la narración de su vida. Algún día alguien podría hacer una novela colosal con esta historia de despecho y envidia.

Megadeth en 2016

También es interesante la aproximación a otro de los temas esenciales, tanto o más que la música, de Mustaine: A Heavy Metal Memoir, que es el de las múltiples adicciones del músico, asumido alcohólico durante décadas, pero también consumidor de cantidades industriales de heroína y cocaína. Si bien la toxicomanía es un elemento habitual en las autobiografías de rockeros metaleros, la narración de Mustaine de sus dependencias es bastante distinta, tanto del exhibicionismo (supuestamente precautorio) machista de las memorias de colegas como Nikki Sixx, Al Jourgensen o Steven Tyler, como del patetismo autodestructivo de los ex-Guns'N'Roses. Las adicciones de Mustaine parecen haber sido (relativamente) funcionales, pero extendidas, incontrolables, frustrantes y —como suelen ser si se les quita el glamour libertino— aburridas. El guitarrista cincuentón y renacido cristiano, que escribe o dicta el libro, no parece estar ni orgulloso ni arrepentido de sus pasadas conductas, sino más bien avergonzado de una debilidad que no se correspondía ni con sus ambiciones ni con su ego. Como si fueran una distracción, un obstáculo autoimpuesto en el camino de ganar el respeto propio y ajeno, de un chico de esa clase baja anglosajona que suele definirse despectivamente como white trash, Mustaine por momentos se considera basura, pero basura arrogante, despótica y con la fortuna y poder en sus manos, para ser exacto, en sus dedos. Una autobiografía es, además de un relato, un sistema de valores ejemplificado en el narrador, y el que aquí se presenta es incómodo, ríspido, desagradable, violento y franco. Pero, bueno, a tal canción, tal relato.


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