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¿Te las perdiste?

5 películas imperdibles para volver a ver en 2020

Con pop o sin él, Rodolfo Santullo nos sumerge en la periferia del séptimo arte y nos invita a descubrir —y sobre todo a disfrutar— cinco películas que se alejan de los circuitos más comerciales. Propuestas nacionales e internacionales producidas y estrenadas entre 2018 y 2019 para intercalar con los estrenos de 2020.

5 películas imperdibles para volver a ver en 2020

Por tercer año consecutivo, rescatamos 5 películas imprescindibles. En este caso cubriendo el período 2018-2019 y seleccionando aquellas que por diferentes razones —una vez más, la misma premisa: perdidas entre los grandes estrenos, llegando a nuestra cartelera a veces con atraso o directamente no estrenándose nunca— no tuvieron la debida difusión y quien suscribe cree que eso, simplemente, está mal.

Rojo de Benjamín Naishtat (Argentina, Brasil, Francia, Holanda, Alemania, 2018)

«Alguna provincia de Argentina, 1975». Nos ubica en tiempo y espacio un cartelito que precede al tan metódico como paciente desvalijamiento de una casa. Luego, saltamos al restaurante del pueblo donde en una colmada noche de sábado, el abogado local (inmenso Darío Grandinetti) espera a su esposa para cenar. Un desconocido (intenso Diego Cremonesi) termina teniendo un entredicho con nuestro protagonista y de ahí la situación avanza desde lo incómodo hasta lo francamente violento. Pero no voy a dar más detalles porque lo mejor de toda esta formidable película es moverse entre lo impredecible, lo desconcertante.

El director Naishtat apela a una realización por momentos televisiva y el elenco (que incluye a la telenovelesca Andrea Frigerio, súper efectiva) oscila por momentos lo teatral. Pero nada de esto funciona como demérito sino que aporta y contribuye a la extrañeza que propone la película —recién anuncia su título a los 20 minutos de empezada, incluye escenas de danza; no tiene nunca una estructura clásica de inicio, desarrollo y desenlace; aparece un detective chileno muy particular (gran aporte de Alfredo Castro) e intercala comerciales de la época o cowboys estadounidenses perdidos— que, como al contemplar una fotografía fuera de foco, nos pone más y más nerviosos a medida que transcurre sin que sepamos cabalmente el porqué (o de hecho, sí lo sabemos: es el nerviosismo de vivir en ese momento, con lo que pasa o, peor aún, está por pasar impunemente y con todo el mundo mirando para el costado o hacia su ombligo). La época, la situación política (especialmente), el lugar, incluso la interacción entre los personajes, van aportando a una violencia que se siente en el aire, como cuando se carga el clima antes de una tormenta, a medida que nuestro protagonista se va metiendo en más y más situaciones (la más «gorda», relacionada con el encuentro del principio, pero también con aquella casa que vimos antes) como si no pudiera evitarlo, como si estuviera atrapado —como casi todos los que vemos— en un torrente amargo.

Una película diferente, notable, que abreva de la serie negra, del tenso thriller político y del finísimo humor negro.

Nota: su banda sonora es un golazo.

Nota 2: para todos los que seguramente se pregunten cómo verla, su director (y también guionista) Naishtat comparte un enlace a todo aquel que lo contacte por privado en Facebook. Así fue cómo yo la vi.

 

Dragged Across Concrete, de S. Craig Zahler (Canadá, Estados Unidos, 2018)

El guionista S. Craig Zahler tenía apenas un pinito en su haber —la interesante The Incident, que pasó medio desapercibida— cuando tomó el toro por los cuernos e irrumpió en la escena cinematográfica con Bone Tomahawk, en la que hacía las veces de guionista y director. Este violentísimo, pausado e increíblemente bien desarrollado wéstern de horror —y que dentro de cualquier repaso de «wésterns modernos» entra fácil en un Top 5— puso de cabeza al realizador en mi lista de «a seguir». Quedaba comprobar si el tipo era realmente una promesa o si simplemente había sido un golpe de suerte, y entonces vino Brawl in Cell Block 99, en la que... no quedaba claro. No era un mal thriller de acción, no, pero acá el ritmo cansino le jugaba malas pasadas y tenía un completo error de castin en su actor protagonista (mi odiado Vince Vaughn, al que ya volveremos). Con todo, una tercera película de Zahler era interesante y había que verla. Resultó ser una completa obra maestra.

Tenemos varias historias —todas policiales/criminales/negras o como gusten ustedes llamarlas— que van lentamente (el ritmo lento acá funciona de maravilla, pero me consta que no debe ser para todo el mundo) fusionándose en una sola: la de los dos policías suspendidos por un arresto violento («apenas violento», dirían ellos) —maravilloso Mel Gibson, con uno de sus mejores protagónicos en años y un sorprendente Vince Vaughn, medido, entregado, comprometido en la mejor actuación que le conozco en toda su carrera— que empiezan a considerar las ventajas del otro lado de la ley; la de un exconvicto —completo Tory Kittles— que ni bien pisa la calle es tentado por su amigo de toda la vida —Michael Jai White demostrando que es más que un experto en cine de acción y mostrando un sorpresivo lado histriónico— para volver al crimen; y por último unos robos increíblemente violentos que unos enmascarados van realizando en distintas partes de la ciudad, que sólo tienen en común a los responsables que se llevan siempre poco dinero y que dejan un tendal de cadáveres a su paso. Estas tres historias se construirán durante una hora y media generosa, para que, cuando la olla puesta a hervir salte por los aires en sus 60 minutos finales, nos entregue un tramo tenso como pocos, una precisa set piece con la que hasta el más pintado va a terminar comiéndose las uñas.

En el durante, Zahler construye personajes grises, humanos, creíbles y muy poco políticamente correctos —ciertas frases puestas en boca del polémico Mel Gibson hicieron que todo espacio de reseña fílmica a tono con los tiempos que corren matara la película sin más— que proponen un relato clásico, una gran entrega de cine negro —que remite a los inolvidables setenta, al polar francés (que nunca tuvo remilgos) y, obviamente, al propio Zahler— que es de los mejores filmes de los últimos años y, sin dudas, la mejor película del realizador hasta el momento.

 

Prospect, de Christopher Caldwell, Zeek Earl (Canadá, Estados Unidos, 2018)

¡Ciencia ficción de la buena! Tenemos a un padre medio desastroso (Jay Duplass) y su hija adolescente (Sophie Thatcher) que son cosechadores en la luna Bakhroma Green, un asteroide boscoso con gravedad y condiciones similares a la Tierra, pero con una atmósfera tóxica e irrespirable. ¿Qué cosechan estos zaparrastrosos espaciales? Unas raras piedras preciosas que surgen dentro de unos seres mitad animal, mitad vegetal, y que son muy difíciles de cosechar, pero valiosísimas. Con la estación espacial cercana apenas a tres ciclos de alejarse de este lugar para siempre, papá Duplass decide intentar una última cosechada y ahí es cuando, obviamente, las cosas se complican, sobre todo cuando nuestra dupla protagónica cruza caminos con la verdadera estrella de la función: Ezra, una suerte de bandido/pistolero/scavenger interpretado por Pedro Pascal (que, cuando como acá le dan material para trabajar, es formidable) en una suerte de combo perfecto entre Han Solo y Long John Silver.

Hay aventura, claro, y un acercamiento a la ciencia ficción existencialista que recuerda la serie de novelas gráficas Lupus de Frederik Peeters, así como un clima enrarecido (el presupuesto medido sólo potencia la imaginación) de película de fines de los 80 (pienso en los escenarios de Enemigo mío de Wolfgang Petersen, por ejemplo) que favorece tremendamente su visualidad. Sumemos una gran interacción entre los personajes y entre estos y el universo presentado, algo de historia de piratas o cowboys, y tenemos un gratísimo resultado.

Quiero ya más películas de Caldwell y Earl (no solo directores, sino también guionistas y fotógrafos de esta película, basada en su propio cortometraje amateur anterior).

 

The Man Who Killed Hitler and Then the Bigfoot, de Robert, de D. Krzykowski (Estados Unidos, 2018)

Con semejante título, yo esperaba un maravilloso delirio Clase B cargado de disparates histórico-temporales y menuda fue mi sorpresa al encontrarme ante una película que no, no engaña —efectivamente estamos ante la historia del hombre que mató a Hitler y luego a Pie Grande—, pero que es antes que nada una reflexión melancólica sobre las decisiones que tomamos en la vida, los amores que quedan atrás y, obviamente, el paso del tiempo. O sea, en pocas palabras, una premisa bizarra como pocas pero narrada con la austeridad y sencillez de un filme indie (o mumblecore, como le decían en algún momento). ¿Y lo mejor de todo? ¡Sale extraordinariamente bien! Seguimos con total enganche las cuitas y vicisitudes de Calvin Barr —y mucho de eso hay que agradecérselo a los dos actores que lo interpretan en los distintos momentos de su vida: un sorprendente Aidan Turner cuando joven y un magnífico (y completo robaescenas) Sam Elliot cuando viejo— y vibramos ante sus dos aventuras más grandes que la vida misma (¡Loco! ¡Hitler y Pie Grande! ¿Qué puede ser más grande que eso?). Pero también vamos con él en ese gran devenir existencialista —que es todo segundo mientras no está enfrentando nazis o seres escapados de un manual de criptozoología— mientras se cuestiona quién es, qué ha hecho y las consecuencias que ha tenido todo lo que ha decidido. Al doble protagónico lo secundan de estupenda manera Larry Miller, Ron Livingston y Cailtlin FitzGerald en las dos líneas temporales y es admirable lo bien que se mueve el director Krykowski —quien también es el guionista— con un presupuesto limitado. Muy recomendable.

 

En el pozo de Bernardo Antonaccio y Rafael Antonaccio (Uruguay, 2018)

El pozo del título es una antigua cantera abandonada —cercana al pueblo de Suárez, quién sabe dónde o si siquiera existe— que con el paso del tiempo generó un lago al que los jóvenes locales van a pasar los infernales días de verano. Allí es que coinciden nuestros protagonistas: Tincho, Tola y Alicia, quien regresa al pueblo después de largo tiempo en la capital, acompañada justamente por su novio capitalino, Bruno. La situación, que se nos plantea desde un principio, es tensísima. Hay un triángulo amoroso —de reclamos previos pero con reacciones presentes— entre Tincho, Alicia y Bruno, unos mensajes que vuelan de un celular a otro, choques entre interior y capital que pasan de chicanas a agresiones cada vez más potentes y una tarde de calor, sexo, sangre y muerte que irá en un in crescendo terrible que no se detiene jamás.

Hay muchas virtudes en el debut cinematográfico de los hermanos Antonaccio —guionistas y directores— y la primera bien puede ser haber filmado esta muy recomendable película en tan solo dos meses y con diez mil dólares, pero esa es solo una circunstancia para nada necesaria a la hora de apreciar el resultado. ¿Y cuál es el resultado? Pues un thriller muy violento —no tanto por violencia física, que la hay, sino por la verbal, la psicológica — que remite a grandes clásicos setenteros (siendo Deliverance de John Boorman el primero), con un elenco por completo a la altura de las circunstancias —Paula Silva, Luis Pazos y destacando, así sea por ser quienes llevan adelante el conflicto, Rafael Beltrán y Augusto Gordillo— y un clima de claustrofobia y encierro al aire libre —engañoso aire libre, siempre estamos en ese pozo que es la cantera— perfectamente logrado. Yo me anoto desde ya para lo que sea que hagan a continuación estos hermanos Antonaccio.

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