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cine

Kelly Reichardt, la milagrosa

Inés Bortagaray te invita al mundo fílmico de Kelly Reichardt haciendo un repaso de su obra.
Foto: Simon Max Hill

Kelly Reichardt (Miami, 1964) es una gran directora de cine. Hizo varias películas. Tiene un estilo. Una voz. Una manera de ver. Y está muy activa. Son todas buenas noticias.

La última película, Certain Women (2015), se pudo ver en el Bafici de este año. Pero acá no ha llegado. Es una pena que aún no se haya proyectado en Uruguay. Se puede ver en pantallas piratas, pero ha de ser muy linda la experiencia de ver esos personajes, esas pequeñas batallas, en una pantalla como la gente. Esta vez el guion es solo suyo (Jonathan Raymond, de quien hablaré más adelante, no participa en este largometraje), pero hay un ejercicio de adaptación literaria. La autora de los cuentos originales que se han adaptado para esta película es una escritora joven llamada Maile Meloy. Cada una de las tres historias de Certain Women está basada en cuentos suyos. Pude conseguir Both ways is the only way I want it, donde se encentra «Travis, B.», el cuento que inspira la tercera historia de la película. Los otros dos se alojan en otro libro llamado Half in Love, que aún no leí. Las tres historias se conectan tangencialmente: están rondándose, sus vidas se rozan, hay puntos de intersección. Y luego está el mismo cielo, el mismo paisaje de Montana, que todas comparten.

 

Primera historia: Laura Dern interpreta a Laura, una abogada que tiene un affaire con un hombre casado. Los síntomas de su frustración son tenues y quirúrgicos. También está estancada en medio de una relación laboral con un cliente que no termina de aceptar que su demanda (y toda esperanza de solución para una vida rota) es del todo imposible.

Segunda historia: Michele Williams (actriz fetiche de Reichardt, ya hablaré de esto) es Gina, una mujer casada (el matrimonio es, a todas luces, malavenido; Meloy ha leído bien a John Cheever y a Raymond Carver, esto es notorio) y tiene una hija adolescente (con quien no parece entenderse bien; los intercambios entre madre e hija son hoscos y parecen dentelladas). El sueño de Gina es edificar una casa con la antigua piedra arenisca del lugar.

Michelle Williams en Certain Women

Tercera historia: Lily Gladstone (una revelación absoluta) es Jamie, una joven a cargo de una cabaña y de los caballos que ahí viven. Todos los días debe limpiarlos, alimentarlos, soltarlos, guardarlos. El esfuerzo de Jamie es notorio. Hace frío y está sola. Decide dar una vuelta en un pueblo, ve gente entrando a un lugar que parece caliente, y los sigue. Se encuentra con un salón de clase con Beth (encarnada por Kristen Stewart, la actriz de Crepúsculo), una profesora de Derecho que llega a la ciudad a dar clases por una temporada. Jamie conoce sentimientos que antes desconocía. Y ese coming-of-age es extraordinariamente sincero, despojado de artificios, tierno y conmovedor.

 

Kristen Stewart en Certain Women

Nota 1: tiene una escena inolvidable, que no detallaré aquí pero que si quieren podemos conversar en cualquier momento; condensa una emoción tan justa, tan verdadera, que nos deja demolidos, o, como decía Salinger, como moscas enchufadas a sí mismas.

Nota 2: en el cuento original, Jamie es Chet, un varón. La decisión de Kelly Reichardt de cambiar el personaje masculino por el de una chica habla de su perspicacia y abre un mundo de conexiones frondosas entre la empatía, la complicidad, la atracción sexual y el amor entre mujeres.

Nada parece suceder a primera vista, pero detrás comienzan a notarse otras cosas. El reino del subtexto y las sutilezas de los modos, las dudas, las inflexiones de la voz, la ironía, las pequeñas tribulaciones, las alegrías apretadas, un modo ingrávido de desencantarse, aparecen para hablarnos de un universo anímico. Aquí, como en las otras películas, la mirada de Kelly Reichardt es pudorosa. Los diálogos nunca se ocupan de explicar ni abrumarnos con información. A veces llegamos un segundo más tarde, asistimos a una coda, y tal vez no sepamos exactamente de qué hablan cuando hablan, pero sabemos qué es lo que dicen debajo de las palabras. Sabemos que esas palabras, por ejemplo, han de retratar a un matrimonio en crisis (ella decepcionada porque el mundo no parece creer en el rictus de dulzura que ella le dedica; él, algo pusilánime, acaso culposo por su aventura extramatrimonial y porque se sabe el favorito de la hija).

Los personajes, definitivamente, suelen ser tímidos, o creen que no es buena idea mostrarnos cómo se sienten al respecto de todas las cosas que experimentan en el transcurso de una película. Contienen las lágrimas, son pudorosos, y los comprendemos. La alegría, el dolor, la risa, se modulan con una reverberación íntima.

 

El prontuario de Kelly

Kelly Reichardt tenía treinta años cuando se estrenó su primera película. Se llamaba River of Grass, una road movie de una pareja que no logra encontrar la salida del pueblo (Cozy y Lee, dos personas que deben huir el sur de Florida, pero no tienen el dinero necesario para el escape).

La segunda fue Old Joy (2006). Basada en un cuento corto de Raymond (coguionista de este largometraje y de las siguientes tres películas de Reichardt), la película contaba el viaje de dos amigos que se internan en un denso bosque (en las afueras de Portland, Oregon) para llegar a las montañas Cascade y a las termas naturales de Bagby. El recorrido en ese universo arborescente, contaba, casi como en un murmullo, el final de una amistad, a la manera de las hojas que se sacuden en un siseo, bajo los árboles, con la luz intermitente de un sol frío a la hora de la siesta. El paisaje, romántico, impresionista, es protagonista junto a Will Oldham (también conocido como Bonnie Prince Billie) y Daniel London. La música, de Yo La Tengo.

Volviendo a las historias y la alianza Reichardt-Raymond, en las siguientes dos películas (Wendy and Lucy, 2008, estrenada aquí en el festival de Cinemateca de 2010, y el western Meek’s Cutoff, 2010, que se proyectó en el Bafici del año siguiente), la directora volvió a trabajar con Raymond como guionista (el guion de Wendy and Lucy también fue adaptado a partir de un cuento del autor).

Nota chismosa: el caso es que tanto ella como él son muy amigos de Todd Haynes, otro gran director de cine (responsable de bellezas como Safe o Carol, para concentrarnos en la primera y en la última película), y fue Haynes quien los presentó (para adentrarme aún más en la digresión, debo apuntar que luego Haynes y Raymond escribirían, juntos, la miniserie Mildred Pierce).

Michele Williams encarnó a Wendy, una muchacha que viaja con su perra, Lucy, rumbo a Alaska, donde piensa empezar un nuevo capítulo de su vida. Pero (siempre lo hay) queda varada en Portland cuando se le rompe el auto. Por supuesto que la lluvia de problemas caerá sobre la chica a continuación: el arreglo del auto cuesta una fortuna, la perra tiene hambre, Wendy haría cualquier cosa por la perra, robaría incluso un tarro de comida para alimentarla, y no cuenta con que eso puede traerle nuevas complicaciones e incluso separarla (no diré si indefinidamente o no, no lo haré) de su mejor amiga.

Wendy and Lucy

Meek’s Cutoff (podría traducirse como El atajo de Meek) es otra película de viajeros de esta cineasta. Otra que confía en los silencios, en los gestos, en la expresión viva de los rituales cotidianos. Y también tiene a Michele Williams como protagonista. En este caso interpreta a Emily Tetherow, una de las mujeres de la caravana de pioneros que sigue al hirsuto Stephen Meek en su expedición. Meek, un explorador que en la vida real fue líder de un grupo de doscientos vagones en el desierto de Oregon en 1845, buscaba un atajo, pero terminó en una zona sin agua. (El infierno, para Meek, está lleno de osos, indios o montañas. En esta historia hay lugar para los tres.) Cuando los colonos guiados por el pedante Meek se topan con un nativo cayuse, este solo piensa en una cosa: hay que matarlo. Los relatos de las tropelías de los pieles rojas ya nos han dicho que son sangrientos, feroces, despiadados. Emily, sin embargo, le da agua, le arregla un zapato. No tanto por altruismo como por pragmatismo («Quiero que me deba algo», dice). Y se abre la posibilidad de que sea el indio quien los guíe, por fin, al agua y a la tierra prometida.

En 2013 se estrenó Night Moves, un thriller ecológico que retrata el plan de tres activistas radicales (encarnados por Dakota Fanning, Jesse Eisenberg y Peter Sarsgaard), que se proponen explotar una represa que supuestamente es responsable de un gran problema ambiental en un lago y en los alrededores. Las cosas no salen tan bien como suponían, hay «daños colaterales», y la paranoia empieza a romper los pactos y los lazos débiles de estos tres saboteadores. La película confía más en el poder del suspenso, en cierto sentido de irrealidad y aturdimiento, que en una acción aeróbica. El guion también era de la dupla Reichard-Rymond.

Night Moves

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