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ciclo ghibli en cine universitario

El niño Disney y el adulto Ghibli

Desde el 1 de setiembre, el Cine Universitario está ofreciendo un Ciclo de películas del Studio Ghibli que va hasta el 29 de este mes, y que promete la proyección, en orden cronológico, de las películas del aclamado estudio de animación japonés. Gonzalo Torrens aprovecha la oportunidad, para volver a ver algunas de las películas que más le gustaron y nos cuenta cómo fue la experiencia de conocer el lenguaje cinematográfico que usan estos creadores en los ojos de un adolescente que fue un niño Disney.

El niño Disney y el adulto Ghibli

Yo fui un niño Disney. La primera película que vi en una sala de cine fue Alicia en el País de las Maravillas, mi abuela nos había llevado a mi hermana y a mí, probablemente inconsciente de las repercusiones que eso tendría en el futuro.
Mis Vacaciones de Julio estaban signadas por el estreno Disney del año y las marquesinas gigantes del cine Trocadero.
Fui parte de esa generación que, en la más absoluta oscuridad, pegó un salto de su butaca con el cántico swahili del comienzo de El rey león, qué digo de esa generación, yo llegué a ser parte de la generación que veía cortos de Goofy antes de las películas principales, cuando todavía podías quedarte en el cine al terminar la función y ver de nuevo la película. Estoy empezando a sentirme viejo.

Pero, a lo que voy con esto, es que yo fui un niño Disney, criado alrededor de un modelo de cine animado que estableció, de manera muy temprana, ciertos parámetros estéticos, formales y narrativos, muy específicos y, naturalmente, bien occidentales. En este esquema, estaba claro para mi paladar lo que era una buena película animada y lo que era una pobre imitación, lo que merecía verse en el cine y lo que no merecía alquilarse en VHS.
Incluso me volví experto (era la época en que me aprendía los nombres de los directores que me gustaban) en reconocer los trabajos de algunos directores puntuales como John Musker y Ron Clements o Wolfgang Reitherman.

No fue si no hasta mi adolescencia que me crucé con Studio Ghibli, lo hice (vaya paradoja a lo Lewis Carroll) con El viaje de Chihiro (2001). Llegué a ella porque había ganado un Oscar, el primer Oscar que se entregaba a una animación japonesa. La vi en la casa de una chica que me gustaba mucho, su hermana era cinéfila y había comprado el DVD, y el niño Disney que era yo (aun siendo un adolescente) tuvo que convertirse en niño a secas; ya no estábamos en Kansas.

«El viaje de Chihiro» (2001)

El viaje de Chihiro no podía ser menos Disney; no solo por el trazo, por su noción del tiempo y de sus personajes, sino, sobre todo, por sus preocupaciones.
En la película había una criatura sin rostro que lo tragaba todo sin explicación; viajes largos y misteriosos en tren; brujas anormalmente gigantes, tan buenas como malas al mismo tiempo; seres sin forma, pero con vida, y niños que eran espíritus; y, también, dragones. Estaba confundido y, sobre todo, no estaba preparado. Ni lo bueno ni lo malo ni lo claro ni lo oscuro fulguraba en la película con la facilidad que lo hacía en las que me habían visto crecer, las que me habían llevado al cine de la mano. Esto era raro, raro y confuso, así que necesitaba ver más.

«El viaje de Chihiro» (2001)

Averigüé que la figura detrás de aquella película era Hayao Miyazaki y que, de hecho, tenía un montón de películas previas todas muy famosas. La primera que revisé fue La Princesa Mononoke (1997), era la anterior a El viaje de Chihiro y pensé que podía ir de atrás para adelante. Si la nebulosa entre el bien y el mal y la locura de esos personajes, a los que mayormente desconocía (ni siquiera hay estereotipo en donde uno pueda enmarcar a la mayoría de los personajes de Miyazaki), me habían desnortado, Mononoke no haría mucho más por mí. Acá, la demencia era todavía más grande, había dioses, espíritus del bosque, lobos gigantes, ¡y hasta sangre! La película contaba una historia sobre el poder de la naturaleza, con cierto tono ambientalista en el conjunto de la película, pero seguía habiendo pocas pistas para interpretar los hilos narrativos, la evolución de los personajes y hasta el arco o la moldura de un esquema narrativo convencional.

«La princesa Mononoke» (1997)

¿De dónde venía Mononoke? ¿Quién es, acaso, y por qué tiene que importarme?
Esto era darme de bruces contra un cine que había cultivado poco y que no me resultaba ni accesible ni fácil de deglutir; hasta ahora, esa era toda mi esperanza para seguir intentando.

«La princesa Mononoke» (1997)

Cuando llegué a Nausicaä del Valle del Viento (1984, considerada la primera película de Studio Ghibli, a pesar de no haber sido exactamente así porque Studio Ghibli se fundó en 1985), tuve la sensación de que no entendería jamás estas películas, y ocurrió el milagro: si podía desprenderme de cierta necesidad de encontrarle lógica a absolutamente todo lo que veía, para simplemente vivenciar la película, «sin pedirle explicaciones como uno no se las pide a la música», como dice David Lynch, cosas hermosas sucederían; había un punto en común ahí, un territorio fascinante para explorar.

«Nausicaä del Valle del Viento» (1984)

Ese territorio tenía que ver con la imaginación más desbocada y con una suerte de anarquía propia del lenguaje de la animación que, en el cine de Studio Ghibli, cobra un tremendo protagonismo, en el que impera algo más visceral que sobrepasa la lógica, se despliegan universos poblados de insectos gigantescos, castillos ambulantes, brujas anatómicamente imposibles donde el tiempo también es otro.

«El increíble castillo vagabundo» (2004)

Los personajes pueblan esas historias acusados por el tiempo, como la sombrerera Sophie, en El increíble castillo vagabundo (2004), quien, tras envejecer de golpe, ve rejuvenecer paulatinamente el color de su pelo y las arrugas en su rostro, a medida que avanza la aventura; o la pequeña Chihiro, aguardando el destino del tren que la llevará a la casa de la gran bruja Zeniba, en El viaje de Chihiro, sentada quieta y silenciosa en aquella butaca roja a un costado del monstruo sin cara.

«El increíble castillo vagabundo» (2004)

Pocas veces el tiempo es protagonista en el cine animado, incluso cuando participa la muerte (una moneda corriente en la factoría Disney) desde la mamá de Bambi hasta el papá de Simba; pero en las películas de Studio Ghibli el tiempo es un tema recurrente, tiene hasta una representación pictórica, formal, a veces hay que esperar, no todo ocurre de inmediato, y mientras, ¿esperamos qué?
Me quedé con esa pregunta. Estas eran películas atrevidas, tanto que lamenté no haberlas visto de niño.

«Porco Rosso» (1992)

Ese atrevimiento, en un punto, se lo atribuí a la cultura japonesa, tan rica y milenaria como plagada de historias y folklore; «solo a ellos se les podría ocurrir semejante locura», pensaba; solo ellos podrían inventar una historia sobre un cerdo con bigote que es en realidad un experto aviador batiéndose a duelo con piratas aéreos en el mar Adriático (Porco Rosso, 1992), solo ellos podrían hacer una reinvención tan demencial de La sirenita, de Hans Christian Andersen, como Ponyo (2008). La sexualizada Ariel, pelirroja, delgada y de bikini, nada tiene que ver con esa larva amorfa y cuasi forme que es Ponyo en la película de Miyazaki, ni que hablar de su padre, o de las criaturas del mar o del carácter de sus relatos: uno es más cercano a la heroica de princesas encantadas y el otro, más cercano a una abordable historia de amistad, donde somos testigos del amor de un niño por su familia, trascendiendo los lazos de sangre y abarcando a su pequeña comunidad costera y a su peculiar asilo de ancianos.

«Ponyo y el secreto de la sirenita» (2008)

Y es que las producciones de Studio Ghibli tienen inequívocamente una resonancia histórica trascendente, muchas veces directa, otras veces indirecta, y así existen  películas en su catálogo como La tumba de las luciérnagas (1988), de Isao Takahata, que cuenta la historia de dos hermanos huérfanos durante la Segunda Guerra Mundial, posbombardeo de la ciudad de Kobe, o La colina de las amapolas (2011), de Gorō Miyazaki, sobre dos adolescentes que descubren el amor en el Japón de 1963, marcados por la lucha social y el estallido comercial de la ciudad.

«La tumba de las luciérnagas» (1988)

Incluso deberíamos sumar esa rareza que es Recuerdos del ayer (1991), también de Isao Takahata —padre del Studio Ghibli, junto a Hayao Miyazaki, Toshio Suzuki y Yasuyoshi Tokuma—, una película pequeña, más cercana en espíritu al cine de maestros del costumbrismo japonés, como Kenji Mizoguchi o Yasujiro Ozu.

«La colina de las amapolas» (2011)

Pero, claro, esto no quita que Nausicaä del Valle del Viento o El castillo vagabundo (por citar solo dos ejemplos) sean únicamente películas de aventura o escapismo; es verdad, no están ubicadas en un contexto histórico concreto, es verdad, hay fuegos parlanchines e insectos voladores gigantes, pero la guerra está siempre detrás, presente y acechando; todo un leitmotiv en el cine de Miyazaki.

«Recuerdos del ayer» (1991)

Hoy, en mis treintas, agradezco la posibilidad de revisitar estas películas en pantalla grande y entiendo que hay un camino en las producciones de Ghibli para que, sobre todo los más pequeños, puedan apreciar el cine desde un abordaje diferente, desde la belleza pictórica, la percepción poética del tiempo y la imaginación más desprejuiciada y anárquica. El rótulo de película animada o para niños, que tan mal le queda a la mayoría de las bazofias sobre animales parlantes, emojis o similares (que subestiman por completo la inteligencia del público infantil), resulta tremendamente funcional al objetivo que parece proponerse el Studio Ghibli. Es, de hecho, una gran puerta de entrada. Bienvenidas las películas que ayudan a crear visiones diferentes del mundo, bienvenidos los niños que entran por sí mismos a contrastar esas visiones, amparados en la fantasía de universos mágicos y asombrosos, y bienvenidas las películas que nos permiten, a los adultos, volver a ser esos niños, aunque sea solo por un rato y en la oscuridad del cine.


Aquí les dejamos la cartelera del ciclo Ghibli en el Cine Universitario.  El ciclo se cierra el 29 de setiembre con la proyección de The Kingdom of Dreams and Madness, un documental en el que se muestra un año en el Studio Ghibli, que muestra la realización de la última película de Hayao Miyazaki, El viento se levanta. Por más información, clic aquí.

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