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Difusión

Leé un fragmento de «Ningún lugar adonde ir» de Jonas Mekas

Compartimos un fragmento del Ningún lugar adonde ir, de Jonas Mekas (Caja Negra, 2014), el diario del largo exilio que emprendió en 1944 tras huir de su pequeño pueblo en Lituania por razones políticas. Un extenso viaje involuntario que incluye campos de trabajo forzado, campos de refugiados, desplazamientos obligados con destino incierto y su desembarco en Nueva York, donde inició su actividad cinematográfica.

Leé un fragmento de «Ningún lugar adonde ir» de Jonas Mekas

Jonas Mekas (Lituania, 1922-2019) fue, además de poeta, uno de los máximos exponentes del cine experimental norteamericano y del New American Cinema Group, movimiento contracultural que surgió en Nueva York durante los sesenta como alternativa al cine de Hollywood. Desde la revista Film Culture sentó las bases estéticas para esta nueva vanguardia que contaba entre sus filas con John Cassavetes, Robert Frank y Andy Warhol. Como realizador, es principalmente conocido por sus películas-diario, como Walden (1969), Lost, Lost, Lost (1975), Reminiscences of a Journey to Lithuania (1972).


 PRESENTACIÓN

A Vyt Bakaitis y Hollis Melton por ayudarme en la edición del manuscrito.

Cuando dejé mi hogar, cuando dejé mi pueblo (cuando tenía doce años hice una lista de todas las personas de mi pueblo y encontré –si mal no recuerdo– 22 familias y 98 habitantes), cuando partí en un viaje que finalmente me llevó a recalar en Nueva York, tenía veintidós años. Ya era entonces un joven de cierta reputación. Durante más de un año había trabajado como redactor de un semanario de provincia. Había trabajado como editor técnico de un semanario semiliterario nacional durante otro año. Había publicado mis primeros poemas y había creado un escándalo en el “mundo” literario de Lituania con lo que hoy llamaría ataques estúpidos y maliciosos a algunos de los escritores y poetas de las generaciones precedentes.

Era evidente que estaba bastante involucrado en la vida que me rodeaba. Pero había algo extraño en mí: mi propia vida, mi pasado, mis raíces, mis ancestros, me resultaban completamente ajenos. No me interesaba en absoluto mi vida ni mi entorno inmediato. Por ejemplo, hasta los veinte años no tengo recuerdos de qué comíamos. Todo lo que recuerdo es que mi madre solía repetir: “A comer, ya basta de libros, por favor. Siempre frente a un libro. Hay que alimentarse mejor”. Si hoy alguien me pregunta qué comen los lituanos no sabría responder.

A los diecisiete años es probable que hubiera leído todo lo que se había escrito en lituano, incluidas las revistas y los diarios del pasado. Los había leído y los había memorizado a todos. Tanto es así que algunos de mis amigos más grandes del ambiente literario de la capital, cuando no podían recordar dónde había aparecido algún artículo, solían decir: “Ah, pero está este chico en aquel pueblo, por qué no le preguntan, él debe saber”. Y yo siempre tenía la respuesta. Pero no sabía quiénes eran mis sobrinas o primos o tías ni ninguno de mis parientes. Mis ancestros eran los poetas, los filósofos y los enciclopedistas, vivos y muertos.

No sé nada de la juventud de mi padre. Ni de la de mi madre. Nunca les pregunté. Solo conozco unos pocos hechos generales. Nunca conocí a mi abuelo. Supongo que fue granjero. Murió antes de que tomara conciencia de él. Mi abuela tuvo una vida larga, había pasado los noventa cuando murió (yo tenía unos diez años). Recuerdo haberla querido mucho. Una vez, cuando tenía unos cinco años y fuimos a visitarla con mi madre (ella vivía en otro pueblo, a unos 8 kilómetros y fuimos a pie), yo insistí en que iba a quedarme con ella una semana y hasta me trepé al horno, uno de esos enormes hornos de barro para hacer pan y que en los meses fríos del invierno se usan para dormir, allí es donde dormía mi abuela. Pero cuando escuché a mi madre partir de pronto entré en pánico y empecé a gritar. Mi madre volvió y me llevó con ella. Volvimos a casa caminando. En ocasiones me quedaba rezagado para escuchar el canto de los postes de teléfono de madera.

Mi abuelo (el padre de mi padre): recuerdo algunos comentarios de mi madre sobre él. Solía sentarse todos los días a la vera del camino, cerca de la entrada de nuestra casa, y hacerles bromas a las personas que pasaban, pequeñas burlas, insultos. Pero nunca nadie inició una pelea por ello, más allá de lo que dijera. Tengo la impresión de que le faltaba algún tornillo. Hubo otro loco en el árbol familiar; en realidad, hubo dos. Quizás eran primos, no sé. Uno, creo que su nombre era Jonas, empezó a decir cosas raras mientras cortaba el césped cerca del pantano. Así que lo llevaron al loquero. El otro, que también se llamaba Jonas, dijo cosas raras toda su vida, pero no lo llevaron a ningún lado. Durante años me obsesionó la idea de que algún día yo mismo iba a terminar perdiendo el juicio porque había leído en algún libro que estas cosas pueden ser hereditarias. Me desilusionó en parte llegar entero a los treinta años. Supongo que el árbol de mi madre triunfó sobre el de mi padre. Nunca se habló de ningún loco en la rama de mi madre.

El apellido Mekas se puede encontrar en antiguos archivos lituanos del siglo XIV. El nombre aparece en documentos políticos. Siempre que un poeta o un dramaturgo lituano escribe una obra con un trasfondo histórico, uno de los personajes suele llamarse Mekas. No se conoce ninguna figura histórica importante con ese apellido. Está ahí, sin embargo, y pertenece a algún personaje no descrito, así que uno puede proyectarle lo que quiera. Tabula rasa, por decirlo de algún modo. Me sorprendió ver incluso nuestro apellido en una obra contemporánea, escrita hace unos pocos años en la Lituania “socialista” soviética, donde uno de los protagonistas se llamaba Mekas. Consideré un halago que representara a un idealista.

En todo caso, parecería que el apellido Mekas es un antiguo apellido lituano. Por qué tan pocas familias lo llevan hoy en día, en Lituania, es un pequeño misterio. Pero siempre se corrió un rumor, promovido con gran entusiasmo por mi hermano Adolfas, de que en realidad teníamos un origen irlandés. El asunto, sin embargo, se complicó un poco en 1962 cuando dos viejos y tristes judíos se presentaron en la puerta de nuestra casa en el 515 de la calle 13 Este, entrada la noche, quizás a las tres de la madrugada. Anunciaron que su apellido era Mekas, y que recién habían llegado en avión de Buenos Aires porque habían oído que Jonas Mekas vivía en Nueva York. Su pequeño hijo Jonas se había perdido en Vilnius, Lituania, en 1943, durante el exterminio alemán de los judíos. Se quedaron parados en la puerta y nos miraron y nosotros los miramos a ellos, y lloraron, y nosotros lloramos, porque se habían dado cuenta de que yo no era el hijo que estaban esperando. Fue realmente muy desgarrador. Así que les prestamos nuestras habitaciones, y les dimos de comer y les mostramos Nueva York durante veinticuatro horas, y después los metimos en el avión. Fue una de las historias más tristes de nuestra vida en Nueva York. Tienen una librería en Buenos Aires.

En todo caso, hay judíos, y lituanos, y griegos, e irlandeses (eso me dijeron), y húngaros que llevan el apellido Mekas. Cuando volví a Lituania en 1971, mi tío Povilas Jasinskas me prometió que iba a hacer nuestro árbol familiar. Dedicó unos cinco años de trabajo al proyecto, pero murió antes de poder terminarlo. Era un pastor protestante y tenía algunos registros disponibles, los registros de la iglesia, para revisar los nombres y las fechas. Pero la mayoría habían sido destruidos o transportados a destinos inciertos con fines inciertos por los industriosos soviéticos. Así que no sé si alguna vez se terminó ese árbol. Es posible que haya cierta sabiduría en el hecho de que mi tío no tuviera apuro por terminarlo. Contar con el árbol genealógico de la propia familia en la Unión Soviética es un riesgo. Cuando se enfurecen, arrancan el árbol entero, de raíz...

Nuestra religión, durante muchos siglos, desde los días de Janusas Radvilas (o como se lo conoce en Polonia, Janusz Radziwil, 1612-1655), ha sido el protestantismo de la Reforma (Jan Hus, Zwingli). Hasta la época de Jogaila (también conocido como Jagiello), que prácticamente equivale a decir el siglo XV, los lituanos eran panteístas. Sus dioses eran los árboles, el sol, la luna, la tierra. Jogaila convirtió a Lituania al catolicismo, al menos formalmente. Todo por una mujer (lo que habla en su favor); por Jadwiga, la princesa polaca adolescente. En el siglo XVII llegaron los Radziwil y, de nuevo formalmente, convirtieron a Lituania o a gran parte de ella al credo de Lutero y Hus. Los Radziwil tenían su sede a unos pocos kilómetros de donde nací y me crié. Las ruinas de su castillo aún se encuentran allí. Los poderosos suecos, en una de sus expediciones de caza (cazaban polacos y lituanos, por deporte) destruyeron a los Radziwil, y con ellos se fueron Lutero y Hus, llevados a Estocolmo. Lituania volvió formalmente al catolicismo. Solo unos pocos pueblos en torno al antiguo castillo de Radziwil siguieron siendo protestantes. Unas pocas miles de familias, eso es todo. Mis padres pertenecían a esa pequeña minoría oprimida... Si bien Lituania fue cristianizada, en particular en sus zonas occidentales (provengo del extremo norte, a unos 80 kilómetros al sur de Riga) siguió siendo panteísta. Hay muchos registros en el Vaticano, que se remontan a (o están tan cerca como) la segunda mitad del siglo XIX, de obispos quejándose del “paganismo” galopante entre los lituanos. A mediados del siglo XIX había partes de Lituania donde las personas guardaban serpientes sagradas a las que adoraban o a las que al menos conservaban con mucho celo en sus hogares, y alimentándolas con leche fresca. En cuanto al dulce Jesús, los lituanos no parecen haberlo asimilado demasiado. La principal deidad cristiana en Lituania resultó ser María, la madre de Jesús. En Lituania se construyeron, tallaron y esculpieron miles de pequeños santuarios para María en todos los pueblos; le cantaron himnos, ella tomó el lugar de Dios y el de Jesús en practicamente todas las ceremonias religiosas (católicas), y recibió el nombre de Santa María de las Puertas del Alba, Nuestra Señora de Vilnius. Es posible que esto se deba a que la Tierra (žemė) y el Sol (saulė), dos de los dioses panteístas, en lituano tienen género femenino; la Luna (mėnulis) es masculino. El principio femenino (la Tierra y el Sol) venció al principio masculino de Jesús. Lo que hicieron con Jesús fue esto: lo convirtieron (a Él) en un motivo de escultura popular muy especial. Siempre se lo retrata sentado (¡y en muy raras ocasiones en la cruz!), con la cabeza apoyada sobre la palma derecha, mirando el paisaje con una expresión muy triste. Hay miles y miles de figuras sentadas a la vera del camino mirando con mucha, mucha tristeza a las personas que pasan.

Debería agregar aquí, ya que me he desviado un poco –debe ser cierto que la religión aleja a las personas del recto camino–, algo sobre el diablo lituano.

El diablo lituano nunca es malvado, sino que, tal como se lo representa en miles de cuentos populares, es más bien travieso, similar a un fauno, a un elfo al que le gusta divertirse, que ayuda a las personas y por eso se mete en problemas. En pocas palabras: siente debilidad por las personas. En los hogares lituanos tener pequeños demonios tallados significa suerte y felicidad.

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