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Dislocar la mirada

Un mundo desbordado de imágenes

Vivimos en una sociedad hipermediatizada en la que el flujo de nuevas y repetidas imágenes es constate, limitando nuestra capacidad de interpretación y análisis crítico. Mariangela Giaimo recoge una serie de ejemplos artísticos que especulan, cuestionan y en definitiva problematizan, la sobreexposición actual ante la producción y consumo de imágenes.

Un mundo desbordado de imágenes

Imágenes por redes, por celulares, en la calle, en todos lados. El mundo está inmerso en una hipervisualidad, es decir, un uso masivo —desde la producción, la circulación y el consumo— de imágenes. A continuación, una breve presentación de propuestas artísticas que problematizan la saturación visual de la contemporaneidad. El arte siempre es una crítica para ajustar el ojo y recordar que las imágenes somos nosotros.

No estamos en un capítulo de Black Mirror, pero el tema ya está aquí, en el mundo real, hace mucho tiempo. Vivimos rodeados de imágenes que nos cuentan y comparten la realidad. Muchas son «imágenes-spam», como las referidas por Hito Steyerl, que al mismo tiempo nos hacen ver menos. Quizás es el devenir de esa sociedad del espectáculo, al decir de Guy Debord ya en los sesenta, que solo reconoce sujetos a aquellos que se exhiben, paradójicamente, como objetos. Es necesario estar, es necesario aparecer.

En Montevideo, podemos ver en el MNAV (Museo Nacional de Artes Visuales) la propuesta de Pau Delgado Iglesias Estar igual que el resto, que problematiza también la relación entre la saturación de imágenes y los estereotipos de belleza en personas ciegas. Se pregunta: «¿cómo se construyen las identidades sexuales y de género cuando las imágenes están ausentes?». Las respuestas de estas personas complejizan el dominio de las imágenes, ya que los efectos de la mirada, de la percepción de uno mismo, también son compartidos por algunas personas ciegas. Para adentrarnos en ese mundo genera un espacio expositivo inmersivo, oscuro, con música de Nick McCarthy y Sebastian Kelling (Sausage Studios) y varias proyecciones. Su estética se relaciona con la oscuridad, con una elección sobria que combina lo visual con el mundo sin imágenes.

El catálogo es un objeto que posee la delicadeza y genialidad de la escritura en braille —ya sea por temas de inclusión o por lo táctil y los pequeños volúmenes de los puntos—. Andrea Giunta, la reconocida investigadora del arte y curadora de la muestra, realiza una detallada explicación con referencias académicas desde una epistemología feminista. Giunta vincula esta propuesta con la obra de Sophie Calle, The Blind, en la que pedía a personas ciegas de nacimiento que describiesen su imagen de belleza. La propuesta luego fue la presentación de tres imágenes: el retrato de la persona, del texto de lo descripto y la imagen a la que se habían referido. En este caso se indagaba sobre los parámetros de la belleza en general. Una obra anterior de Delgado Iglesias —Cómo sos tan lindo (2005-2010)— trabajaba sobre los estereotipos de belleza masculinos a partir de hombres de diversos países. Ese fue el puntapié para continuar en esta línea, ya que esos hombres se consideraban atractivos por modelos —e imágenes— que eran ajenos a su propia valoración.

«The blind», Sophie Calle (1986)

Sigamos con la vorágine de imágenes. Para la investigadora vasca Edurne González Ibáñez esto se traduce como «ruido visual». En ese sentido, la autora identifica una serie de trabajos a partir de las consecuencias de la sobreexposición al entramado audiovisual. Una de estas es la propuesta de Joana Hadjithomas y Khalil Joreige con Latent Images, Diary of a Photographer (2009-2015) —III parte del proyecto Wonder Beirut— en el que exploraban el tema del archivo y las imágenes de la guerra civil libanesa con una instalación en la que solamente se exhibía un libro con pequeñas imágenes y una pared con soportes con las imágenes sin verse. En esta instalación, la imagen no está, la imagen se conformó en objeto.

«Latent Images, Diary of a Photographer» de Joana Hadjithomas y Khalil Joreige (2009-2015).

Con respecto al campo de la fotografía, otro artista que trabaja con las tecnologías para realizar una crítica es el e-activista Jon Rafman quien retoma imágenes de Google Street View y las selecciona para volverlas a mostrar como una crítica a la sobreabundancia de imágenes —y sobre esa necesidad de que todo esté ahora en la red—. Estas imágenes son fotografías que nadie tomó y que nadie tiene recuerdos de ellas. El proyecto está en el sitio 9-eyes.com que creó en el 2009. En este sentido, el investigador y fotógrafo Joan Fontcuberta formula un decálogo de la postfotografía —publicado en La Vanguardia— que plantea en el primer punto: «sobre el papel del artista, ya no se trata de producir obras sino de prescribir sentidos».

Para ir cerrando la presentación de ejemplos, tenemos el ya clásico Cuadrado Negro de Kazimir Malevich (1915) que, si bien no surge para criticar la hipervisualidad, desde el suprematismo reduce la imagen a lo mínimo, destruyendo hasta la propuesta de la imagen tradicional. En este caso, se pretendía representar un lugar sin objetos —la sensación de la ausencia—, casi como la nada, como expresión de lo incognoscible, de lo no representable. El cuadrado se vuelve un valor plástico en sí mismo. Desde este razonamiento es que podemos re-interpretar a esta obra como lo opuesto a la hipervisualización de las imágenes utilizando una imagen.

«9 eyes», de Jon Rafman

El miedo a las imágenes —nos explicaba Jean Baudrillard— es que se produzca un alejamiento de la realidad, una «imagen-pantalla», una sociedad que cree más en lo que dice una imagen que en lo que sucede. Su visión apocalíptica nos sirve de semáforo en rojo, para reflexionar sobre nuestra relación con las imágenes. Esos dispositivos que «tocan» lo real, al decir de Didi-Huberman, pero que nunca nunca, pueden explicarlo todo. Justamente eso, es la maravilla de la imagen, que sugiere, muestra obscenamente, sin embargo nunca alcanza.

Las artes visuales hace tiempo que cuestionan a la misma imagen, más allá de la hipervisualidad, y como pregona Didi-Huberman, una obra es de arte cuando sabe «dislocar» la visión, la mirada, y por lo tanto también a las imágenes. De eso trata todo esto.

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