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Artes visuales

Arriba las que luchan

¿Existe una estética propia de los movimientos sociales? ¿Cómo, quienes ejercen el arte, propician ciertas tranformaciones? Arte público o performance son algunas de las manifestaciones elegidas para visibilizar, creativamente, problemáticas sociales actuales.

Mariangela Giaimo reflexiona sobre las intersecciones entre el arte contemporáneo y el activismo político y social desde una mirada feminista, recogiendo una serie de ejemplos acontecidos en Uruguay recientemente.

«Diez de cada diez», 8 de marzo de 2019. Foto de Oriana Larrea.

Marzo nos ofreció propuestas sobre la reivindicación de las mujeres para la igualdad de género a través de artistas y curadurías especiales en las artes visuales. También se propuso como una oportunidad para revisar las distinciones entre el arte «hecho por mujeres», el «arte feminista» y el «artivismo». A veces estas prácticas se mezclan, y en muchos casos es difícil distinguirlas. Van aquí algunas pequeñas consideraciones de un fenómeno complejo.

Se puede ser artista mujer, se puede tener un discurso feminista, y se puede ser artista militante —así como militante con estrategias artísticas—. Todas estas condiciones además, pueden conjugarse en una sola persona y muchas veces se entrecruzan. Marzo se consolidó para este tipo de reflexiones o propuestas: por ejemplo la investigadora y curadora May Puchet realizó una charla en que abarcó el tema del activismo curatorial, el archivo y el espacio expositivo en una actividad del Centro Cultural de España (CCE) y el Museo Histórico del Cabildo inauguró la muestra de Léonie Matthis, artista de principios de siglo XX que integra el acervo del museo —hay 8 artistas mujeres y 189 hombrescomo forma de cuestionar la poca presencia de las mujeres en las instituciones. Así que proponemos algunas consideraciones sobre un campo que mezcla cuerpos y subjetividades, temáticas, objetivos puntuales y estéticas.

Las artistas feministas son aquellas que realizan un arte emancipador —es decir que hacen referencia a las estructuras del poder de los varones en el campo artístico y en la sociedad—. El feminismo —o deberíamos decir con más exactitud, los feminismos— es una corriente de pensamiento y acción que muchas mujeres toman como eje de su trabajo. En Uruguay podemos encontrar a varias artistas, como por ejemplo Olga Guerra —en una publicación anterior se mostraba su producción militante sobre el tema migratorio—, que apunta al tema de la violencia de género. Su obra Se busca es realizada con la técnica del retrato hablado y dibuja un rostro de un golpeador. Desde la estética del escrache pega ese Se busca en diversas partes del espacio público de Montevideo para visibilizar esta situación social. Es una propuesta de una militancia personal de la artista.

«Se busca», de Olga Guerra, 2016.

Otro ejemplo es el trabajo de la investigadora brasilera Larissa Ferreira —invitada por el CCE de Montevideo en el marco de «Reconocidas»— que indaga sobre la diáspora africana en América Latina, memoria, género, colonialismo y activismo. Le gusta su faceta de militante como feminista decolonial que implica «hacer una práctica crítica y un pensamiento en acción». Según la misma, «la militancia está mucho más en las opciones que haces en la vida. En las elecciones que haces en todas las cosas. Estamos encajados en la vida y la militancia se da en el concretizar cosas democráticas en el camino». Es decir que su reivindicación forma parte de su hacer en la vida: «lo mejor sería no tener que hablar de la cuestión de lo militante para que la lucha esté presente».

 «Táticas de corpo», de Larissa Ferreira, 2010.

También puede darse el fenómeno del «artivismo feminista» que producen, por ejemplo, tanto personas, colectivos como también los movimientos sociales. El «artivismo» implica otra forma de hacer política por fuera de las instituciones tradicionales: es una forma de apropiación de la política desde el arte. El «artivismo», en especial, posee una gran cuota de una dimensión comunicativa, es decir, tiene una necesidad de llegar al otro, de intervenir en la sociedad. Algunos ven esta faceta de la comunicación como una ruptura con el elitismo y otros como una práctica que excede al arte.

Muchas veces un movimiento posee un repertorio de objetos y acciones que se realizan desde las prácticas artísticas, es decir, con procesos y recursos estéticos —materiales o simbólicos— para una reivindicación colectiva pero que no se autopercibe ni posee otras características para ser legitimada como «arte». Otro fenómeno es la resignificación de lo generado por los movimientos sociales —afiches, registros visuales, objetos— que se retoman desde el campo del arte y legitimarlos desde ese sistema. También sucede principalmente con personajes militantes cuya figura —en especial con sus retratos— se vuelven materia principal para otras propuestas afines a lo artístico.

«Angela Davis», de Obey.

Un ejemplo que suma la militancia, el «artivismo» y el arte feminista es la propuesta La caída de las campanas, una obra que inició en el 2015 para concientizar sobre los feminicidios en el Uruguay. Está integrado por mujeres militantes —como Hekaterina Delgado, entre otras—que sostienen el carácter de hibridación de lenguajes artísticos que conjuga la propuesta: arte sonoro, perfomance, y site-specific. Su finalidad es generar conciencia y aportar al cambio social a través de la propuesta artística. Al inicio, la rutina sucedía cada vez que asesinaban a una mujer y ahora se realiza solo los 8 de marzo y los 25 de noviembre —Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres—. Este mes además, se estrenó una película —de Jorge Fierro—sobre este tipo de «artivismo feminista».

«La caída de las campanas», 16 de octubre de 2016, en la Plaza Cagancha.

Otro ejemplo de este estilo es Diez de cada Diez integrado por actrices y performers —entre ellas Gabriela Rosselló Caics, dirigidas por Valeria Píriz— que caminan en silencio hasta llegar a la Plaza Cagancha y realizan allí una performance con diversos textos y datos de la realidad.

En fin, lo que sí queda claro es que, el ser artista mujer, no es suficiente para entender que exista una mirada con sensibilidad feminista. El feminismo no es innato a las mujeres, sino que es un pensamiento construido y una experiencia que se alcanza con un proceso personal. Es decir, que una mujer haga arte no la coloca en un espacio de lucha o reivindicación feminista. Es más, «no podemos sostener con certeza que hay un arte de mujeres y un arte de varones. Ni siquiera que hay un modo femenino y un modo masculino de expresarse en el terreno del arte» pone en duda la argentina Andrea Giunta en Feminismo y arte latinoamericano. Historias de artistas que emanciparon el cuerpo (Siglo XXI, 2018), libro cuyo eje es la escena femenina en las artes visuales y feminismo en Latinoamérica (en el quinto capítulo  analiza la obra de la uruguaya Nelbia Romero).

Lo que sí se puede —más allá de este intríngulis que plantea Giunta con respecto a la expresión y el género— es repensar las prácticas que se realizan como artistas mujeres, hombres, trans o de cualquier identidad de género y orientación sexual así como las instituciones y agentes que conforman el sistema del arte. Pensarse y reflexionar sobre el hacer es necesario para seguir creciendo.

«Diez de cada diez», 8 de marzo de 2019. Foto de Oriana Larrea. 

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