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Seamos desobedientes

Marianella Morena nos invita a cuestionar la conformidad en el arte, lo rutinario, el lugar común; en definitiva, todo aquello que acostumbramos a ver o crear desde la tradición que nos reconforta con su seguridad de ser ya una fórmula. «Seamos desobedientes», se nos propone, y por qué no serlo, entonces, nos preguntamos.
«Mount Olympus», de Jan Fabre

El arte subvierte la realidad y su percepción, modifica tu propia historia, lo íntimo y lo político. No sé si promete felicidad o libertad, pero que alimenta el animal prohibido socialmente, eso es seguro. Seamos desobedientes en la cultura que no «cuesta nada», seamos desobedientes donde es «gratis», podés incluso jugar a ser valiente por un rato, hasta eso te ofrece el arte, si será generoso.

Seamos desobedientes que nos rejuvenece.

Hace poco leo un artículo en El País de Madrid, sobre el porqué de la vanguardia de la escena belga. ¿Cómo puede ser que una población de poco más de seis millones de habitantes exporte tanto teatro y todo sea de vanguardia? ¿Qué explicación hay para eso?

«La falta de un repertorio clásico propio y el fuerte apoyo institucional a los creadores han convertido el país en uno de los grandes motores del teatro contemporáneo europeo. Otra cuestión es por qué estos directores han logrado tanto reconocimiento internacional, hasta el punto de que sus producciones se mantienen durante años en giras internacionales. Dejando a un lado su originalidad, hay un motivo económico claro: en los años ochenta, el Gobierno de Flandes decidió invertir directamente en los creadores y no tanto en instituciones o centros dramáticos. Es decir, han gastado mucho dinero en figuras como Platel, De Keersmaeker, Fabre, Cassiers o Lauwers, sosteniendo sus compañías temporada tras temporada y promocionándolas como embajadoras en otros países.»

Jan Fabre es una clara demostración de ellos, en enero estuvo en los Teatros del Canal de Madrid (teatros públicos dependientes de la comunidad de Madrid) con su última producción: Mount Olympus, una creación basada en treinta y tres tragedias, pero como elemento inspirador —ya que no hay preocupación por «representar textos y mantener intactos sus parlamentos»—, con treinta artistas en escena durante veinticuatro horas de corrido. Una orgía escénica con sexo en vivo, una performance inclasificable con la ruptura de las formas: teatro, danza, música, artes visuales. La fuerza radica en el mestizaje de lenguajes. La catarsis, lo que buscaban nuestros padres griegos.

Uruguay carece de repertorio clásico, no tenemos el peso de los ingleses, ni los franceses, ni los españoles, ni los rusos, entonces, ¿por qué seguimos creyendo que debemos hacer teatro de repertorio? ¿Por qué no plantearnos la pregunta que se hicieron los belgas? Pero no desde la escena independientes, sino desde las instituciones públicas. ¿Por qué no lo vemos como una oportunidad para convertirnos en una fuerza dramática con capitales de innovación? ¿Por qué seguimos haciendo teatro de repertorio clásico como si fuera nuestra misión?

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