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Diarios

La tarde que Margarita visitó a Estela

Margarita Xirgu, actriz, directora y docente, y Estela Medina, actriz y última discípula de esta, «se encontraron» una vez más a través del verso y sobre el escenario. Marianella Morena, en sus Diarios, se pregunta por la creación del mito, la responsabilidad de ser parte de una saga de talentosas y exitosas actrices y las demandas de un público ávido de «magia» sobre las tablas.

Estela Medina. Foto: Teatro El Galpón

El pasado miércoles 5 de febrero se presentó una conferencia en el teatro Solís sobre Margarita Xirgu; allí presentaron testimonios variados: Xavier Alberti, Daniela Bouret, Ricardo Ramón. Y al final Estela Medina compartió dos poemas, uno de Delmira Agustini y otro de Ida Vitale.

Ella presente, última discípula viva de la maestra catalana, sentía la presión de portar la antorcha, esa cosa que tenemos las personas de obligar al otro de que nos mantenga viva la llama del éxito porque si alguien se nos va, ¿quién viene a reemplazarlo? ¿Cuánto nos va a durar el vacío, la angustia de la pérdida de los seres excepcionales?

Entonces no permitimos que nadie ose apartarse o cambiar de senda.

Allí estaba Estela, sentada al lado mío, en primera fila y me preguntó por mi hijo, mis obras, ella que va a ver todo, a todos, ella incansable sobre su propio destino, y permitiéndonos seguir con el legado recibido, ¿somos adoradores de mitos? Y los mortales, ¿qué hacen con el símbolo de los mitos?

Se va al teatro y se espera el milagro, que suceda, que baje el ángel, que el duende habite el cuerpo, los cuerpos, que las palabras fluyan entre química e intelecto, que alguien nos lleve al centro del universo creado, que la dimensión ficcional no se extinga. Eso reclamamos, eso pedimos, eso suplicamos, aunque no estemos hincados, aunque estemos clavados en la butaca, aunque parezcamos el público más pasivo. Falso, nunca una platea es pasiva, nunca un corazón que late es pasivo, nunca un cuerpo que espera ser colmado por otro, es pasivo, nunca una emoción latente es pasiva.

Así fuimos como buitres babeantes porque nos suelten las alas, fuimos cuando ella se paró enfrente nuestro, así sola, desnuda, al descubierto, a decirnos esos textos. Suplicamos más, que nos dé más, aunque no pueda. ¿Importa si el otro puede cuando está encargado de dar, cuando ha recibido la misión divina de dar?

Uno está ahí, con el ansia de ser tocado, rozado, elevado. Sí, rimado. Va.

Ella, frágil y eterna, nos sumergió de la mano, en su momento, y pausó, y silenció, y nos cortó la respiración. ¿Sucedía qué? Ella contuvo el aliento, y nos dejó suspendidos en su mano, en sus ojos, en su cuerpo y el de Margarita en ella. ¿Cuántos cuerpos habitan a Medina, cuántas palabras atraviesan sus fibras, cuántos deseos se desplazan por nombres anteriores?

Ella nos miró, uno por uno, y nada más sucedió.

Fue por su cartera que estaba en mi falda, me levanté, la tiré al piso, con ella los lentes, el abanico. La levantamos juntas, la abrió y buscó un papel. Lo llevó de vuelta al sitio donde el instante la miraba cómplice y leyó la última frase.

Al final comentamos con Roxana Blanco y Carlos Reyes, ¿qué fue eso, qué sucedió?

Roxana, dijo: «vivimos algo histórico». Reyes acotó: «ella es».

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